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Mi sitio para escribir…

En mi mundo ideal puedo escribir donde sea y sin pensar quién me leerá. La realidad me indica lo contrario, en la realidad necesito una pluma linda, un cuaderno que me inspire y una idea, esta última algo difícil de alcanzar.

Mi lugar ideal para escribir incluye luz natural, donde se sienta el calor del sol, pero que no entorpezca la visión, un pedazo de pasto a la sombra de un árbol, donde pueda sentarme sin pensar y dejar que la pluma me lleve a donde quiera ir. Mi lugar ideal se ancla a la primavera, a ese sol que te hace renacer acompañado de una brisa que sigue siendo fresca. No necesito silla o mesa, ni siquiera una superficie donde apoyar el cuaderno, con tener un cuaderno y una pluma que escriba bien es suficiente. Me gusta escribir con pluma, el lápiz se borra, es efímero; la pluma tiene algo de certeza que necesito para estar mejor.

Mi lugar ideal está cerca del sol y anclado en la certeza de que quizás nadie lo leerá.

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Mi Ciudad…

Elegir una ciudad sobre la cual escribir no fue simple, resulta que tenía tres posibilidades de elegir, una donde nací, la siguiente donde pasé mi adolescencia y por último donde me convertí en quién soy hoy, que es la ciudad donde sigo viviendo.

Nací en Los Mochis, ciudad donde pasé exactamente tres años de mi vida y los recuerdos de ella se resumen en las vacaciones en casa de mis abuelos los veranos, no es exactamente mía. Viví en otras dos ciudades siendo muy chica y llegué a Agua Prieta a media primaria, ahí me formé como individuo, entendí que mis padres eran simples seres humanos y pasé mi adolescencia, pero salvo por algunos recuerdos tampoco la siento mía, quizás nunca la sentí; desde el día que llegué a vivir ahí decidí que no era la ciudad donde pasaría mi época de adulta, si a los 9 años uno decide esas cosas.

Después tuve la fortuna de caer en las Cholulas, no importa San Andrés o San Pedro, ambas para mí son una zona llena de magia y amor. Cuando llegué me enamoré de la ciudad o los pueblos, como quieran verlos. Aquí me terminé de convertir en la mujer que soy, aprendí a diferenciar entre la gente que está contigo por una etapa y la que se queda contigo para siempre. Aquí perdí a mi papá y aprendí a ser amiga de mi mamá. Esta ciudad me ayudó a conocer a mi hermano realmente, y en él me dio el mejor amigo que uno pueda pedir. Aquí también he encontrado a hermanos de alma que han estado ahí en los mejores y peores momentos.

Cholula me ha enseñado que seguir las reglas de otro no es lo mejor para mí, que para ser feliz tengo que aprender a construir mis propias reglas y saber cuándo romperlas. Cholula tiene el poder de doler y enamorar sólo con vivirla, te ve crecer y crece a tu lado, mientras se mantiene eterna, imperturbable, como la pirámide que le da el paisaje imperdible al que me he acostumbrado a llamar hogar. Cholula me ha visto con el corazón destrozado y me ha ayudado a remendarlo, me ha reconstruido y me ha visto renacer más veces de las que tengo memoria.

He tenido la oportunidad de irme, de decirle adiós y no he tenido corazón de hacerlo, no me había dado cuenta hasta que me pidieron reflexionar sobre mi ciudad, nunca hubiera pensado que la escogería a ella, con sus volcanes y sus iglesias, pero de repente uno es así, lo que menos piensa que sucede ahí está sin querer, sin pensarlo.

Cholula para mí ha sido el mejor regalo, sigue aquí, me sigue dando la oportunidad de crecer, me sigue dejando amistades de por vida y me regala todos los días un paisaje espectacular con Don Goyo y su Rosita. Cholula vive de la magia de su gente y nosotros crecemos con la magia de Cholula.

Mis muertos…

Ayer fui a ver Coco, entre la temporada y las maravillosas escenas del mundo de los muertos terminé extrañando a los míos. No todos hemos perdido a alguien, no a todos nos ha hecho cachitos la muerte de un ser querido, no todos extrañamos y no todas las muertes duelen igual. Yo he tenido varias perdidas que me duelen, pero en específico dos de los hombres más importantes de mi vida se han ido. El primero mi papito, el papá de mi papá, el mejor ejemplo de abuelo que pude pedir. El segundo mi papá, su muerte me hizo cachitos por mucho tiempo, a ambos los extraño, no siempre y definitivamente no de la misma manera.

La muerte de mi papito fue la primera que experimenté con todo mi corazón, estaba en prepa, y fue una muerte larga y dolorosa para todos. Murió invadido de cáncer, en cama, un hombre que nunca aceptó usar bastón estuvo postrado en cama durante meses antes de su muerte. Por muchos años fue mi protector y al morir perdí un aliado. No estuvimos con él y recuerdo la desesperación con la que mi papá manejó los más de 860 km que separan la ciudad donde vivíamos de la ciudad donde murió. Nunca había visto a mi papá llorar y ese día lo vi despedirse de su roca. Con lágrimas en los ojos. Su muerte fue un parteaguas en mi vida, entre la infancia y la vida adulta; entre estar protegida y buscar proteger, entre tenerlo todo y darte cuenta de que lo puedes perder.

Años después murió mi abuela, quisiera decir que lo sentí igual pero no tengo el corazón para hacerlo, la quise mucho pero el cariño no era el mismos, cuando mi abuelo estaba hecho de azúcar y corazón mi abuela era dura, nos quería mucho sin dudas, pero también mostraba sus altas expectativas en todos los aspectos. Quizás soy mucho más como ella que como él y por eso el sentimiento de dolor no fue tan fuerte. Al perderla a ella me quedé con su dureza y así reaccioné. Ella me dejó una gran lección de vida y una capa fuerte para mi corazón.

Pero cuando murió mi papá fue devastador, el día lo recuerdo como si hubiera sido ayer y este año se cumplirán 12 años. Escuché la noticia de mi hermano por teléfono y no la creí, en realidad pensé que era una mala broma. Mi roca, el hombre más fuerte y sano que conocí, y mi protector estaba muerto por infarto fulminante mientras manejaba. Di la noticia a mi mamá y sus hermanos con la misma frialdad que la recibí, sin pensar en el dolor del otro porque no me podía darme el lujo de sentirlo. Vi a mi hermano convertirse en un hombre ese día, ninguno pudimos llorar, ambos lo tomamos con mucho humor negro.

Meses después lloramos, años después sigue el hueco que dejó. En ese momento no entendí lo que estaba pasando, los cachitos estaban acomodados con alfileres y así se han mantenido. Algunos se han ido cayendo con los años, otros han ido soldando con los momentos felices que han llegado. Puedo decir que mi papá me hace falta todos los días, me encantaría poder platicar lo que sucede con él, temas de trabajo y personales, lo bueno y lo malo; como antes y de alguna manera lo sigo haciendo, pero sé que la vida nunca volverá a ser igual.

Ayer después de muchos años volví a llorar por ellos y por todos los otros que he perdido y no están reflejados aquí. Ayer me permití volver a extrañarlos y llorar, quizás como no lo hice el día que los perdí.

A veces cuando comienzo a escribir siento que mis letras merecen ser plasmadas, creo que a todos nos pasa un poco y con todo tipo de escritura. Estoy acostumbrada a pensar que todo lo escrito puede y debe ser juzgado, que si no es grandioso no merece la oportunidad de ser publicado, especialmente tratándose de cuentos, historias y relatos que excedan un pequeño párrafo. Escribir ideas para un tweet puede ser fácil, para una publicación en Facebook también, sintetizar una idea que va vivir el mismo tiempo que dura la atención de un niño de cinco años es muy fácil. Pensar en plasmar una historia para ser editada, compartida, leída y por ende juzgada; es otro tema por completo.

Escribir para otros probablemente sea el mayor reto en muchas personas, en mi caso yo soy mi mayor crítica, escribir para mi, incluso algo tan simple como un diario se torna complejo ya que al releer lo que sucedió en el día lo noto aburrido, y en ocasiones repetitivo. Al contar las mismas historias que intento plasmar en un diario puedo darles entonación, puedo tener inflexiones en la voz que hoy no me siento capaz de plasmar en letras. Al contar historias me convierto en el personaje, cuando escribo las mismas historias, por alguna razón, me quedo muchas veces en un simple observador.

Cuando escribo un ensayo o un cuento me encuentro preguntándome si lo que escribo es realmente original o si por el contrario simplemente estoy retomando la idea de alguien más y plasmándola en mis palabras; las cuáles, además, no necesariamente creo que sean las mejores para expresar la idea original. Cuando pienso en una nueva historia prefiero platicarla, las palabras al final se las lleva el viento; la escritura se queda ahí, mirándote fijamente, demostrando lo poco coherente que puedes ser y en algunas ocasiones recordándote que no eres tan simpático como te hicieron pensar las carcajadas cuando la relataste.

Durante mi vida he tenido la necesidad de escribir, por la escuela, el trabajo, catarsis e incluso a veces hasta por diversión; lo defino así, como necesidad, ya que una cosa es sacar las palabras y dejarlas al viento y otra cosa es estar lista para que otros las lean. Permitir al otro que lea lo que escribes es un ejercicio íntimo que no necesariamente estoy dispuesta a negociar en vivo. Incluso es difícil aceptarlo cuando la mayor parte de las veces el otro termino siendo yo misma.

Escribir para una audiencia que no te conoce es distinto; si el otro te juzga no importa mucho, similar a un maestro que únicamente está para revisar el no plagio y no necesariamente el tono o la creatividad de lo escrito. Cuando permites que  te lea alguien que quieres y le permites emitir una opinión sobre lo que plasmaste, se vuelve un tema de complicidad, le abres el espacio para estar cerca, para conocerte y para leer entre líneas lo que no fuiste capaz de plasmar directamente en el papel.

Escribir para que otro lea es una comunión de confianza, es permitirle abrir tu corazón y dejarlo entrar en tu cerebro; brindarle la oportunidad de juzgar y, en el mejor de los casos, cuidar lo que está dentro de ti. Escribir es el ejercicio máximo de confianza en el otro y en ti mismo. Cuando escribes fluyendo, sin pensarlo mucho, puedes descubrir mas de lo que te permites escuchar en el día a día de ti mismo.

Tener que escribir sobre mi relación con la escritura es algo tan surreal como el país en el que nací. ¿Qué por qué es surreal escribir sobre mi relación con la escritura? Bueno pues pensando que estoy aquí porque tenía un par de años donde las palabras no fluían y lo más cercano a expresión era la fotografía, escribir sobre escribir me hace pensar en que necesitaba regresar a lo básico para poder hacerlo. Regresar a convivir con animales (de esos con cuatro patas y mucho pelo), con personas que se preocupan por personas, con gente que quiere salir adelante siempre ayudando al prójimo y no a costa de él, necesitaba una persona que me empujara a escribir creando un taller para retarme.
La escritura desde que tengo memoria ha sido parte de mi vida, porque leer es escribir en la memoria de una u otra forma, fotografiar es escribir con imágenes lo que no podemos describir con palabras, abrazar a nuestra gente es escribir con el cuerpo lo que el intelecto no puede materializar. Escribir es una forma de catarsis, de plasmar lo que se siente, lo que se piensa y lo que no se sabía que estaba ahí.
En algunos momentos en mi vida he sentido que no puedo escribir y eso es síntoma de que algo más está atorado. Y digo escribir aun cuando puede ser desde un tweet , una publicación en Facebook, un reporte laboral o una larga carta a un ser querido, a veces ni siquiera un mensaje vía WhatsApp sale; en otras ocasiones no me puedo callar, escribo al mismo ritmo que hablo, con toda la pasión de una idea que se desborda, con el corazón afuera tratando de expresar lo inexpresable.
Acaban de ocurrir una serie de temblores en el país, realmente espero que el del sábado 23 haya sido el último por mucho tiempo;  en este país surreal donde su gente odia al gobierno pero se cuida entre ellos; donde nos podemos ignorar en la abundancia, pero si nos necesitan agarramos picos y palas y movemos montañas con tal de salvar al otro, a ese otro que no conocíamos y que de no ser por una tragedia así tampoco nos interesaría saber que existe. En estos momentos todo, absolutamente todo lo que escribo lo escribo con el corazón a un costado; todo lo que leo, lo leo con la lágrima rodando; todo lo que fotografío lo hago esperando que de alguna forma la evidencia de la bondad en el mexicano se contagie a todo el mundo. Los abrazos en estos tiempos saben más, el poder dormir en una cama calientita y cómoda es agridulce, tener la posibilidad de ayudar y no ser el que necesita ayuda es mágico, pero aun así duele. Duele regresar a la vida que de normal lo único que tiene es el título, nada puede ser igual, todo cambió sin haberse modificado nuestra realidad y eso también es parte del país surreal donde existimos.
Pero creo que me salgo del tema; escribir para mí es darle forma a un pensamiento, a una intención, a una idea, no necesariamente coherente, ni lógica, en muchas ocasiones simplemente es el sentimiento desbordado de lo que se vive.
La escritura es mágica, acerca a las personas que necesitas y aleja a aquellas que no deben estar ahí mucho tiempo más. La escritura puede matar y te puede hacer vivir, saca las más sinceras carcajadas y el mismo texto te puede llevar a las lágrimas más tristes en un segundo. La escritura, para mí, es la vida hecha carta, convertida en poesía y transformada en una novela a través de la cual alguien nos conocerá, mucho más quizás, de lo que nos conocemos nosotros mismos.
Escribir para mí es un ejercicio terapéutico, catártico y social, siempre social, no puedo escribir desde la soledad, la soledad ahoga las palabras, muy parecido a la nada ahogando fantasía en aquel hermoso libro de la historia interminable.
Escribir es un soplo de vida en un mundo surreal, caótico y lleno de magia.

Estoy de regreso…

He entrado a participar en un nuevo taller de escritura creativa, aún cuando los posts con retroalimentación se quedarán en otro blog iré incluyendo aquí poco a poco lo que vaya surgiendo del taller, espero los disfruten…

Letty… 😉

Regreso…

El año pasado tuve un largo periodo donde abandoné el blog, me alejé de la vida en línea y perseguí metas en la vida real. Este experimento interesante para mi me dejó muchas cosas lindas como nuevas amistades, disfrutar de viajes de placer, certificarme por fin y ser muy productiva en mi trabajo, también me trajo relaciones que como iniciaron terminaron sin darme cuenta como empezó ni como terminó.

Este año no quiero hacer propósitos, no quiero pensar en el pasado salvo para aprender, simplemente quiero disfrutar el momento, disfrutar la lectura, la escritura sin forzar las experiencias, disfrutar mis amistades en vivo y disfrutar las amistades en línea. Quiero disfrutar todos y cada uno de los días como se presenten sin forzar a compartir o a no hacerlo. Espero me tengan paciencia, no se si escribiré una vez a la semana, al mes o al año pero de lo que estoy segura es que bien o mal pero disfruto hacerlo.

Besitos… Letty… 😉